Al despertar

Al despertar
uno se vuelve
al que era
al que tiene
el nombre con que nos llaman,
al despertar
uno se vuelve
seguro,
sin pérdida,
al uno mismo
al uno solo
recordando
lo que olvidan
el tigre
la paloma
en su dulce despertar.


Del tiempo largo

A veces, en raros
instantes, se abre, talud
real y enorme, el tiempo
transcurrido.
Y no es entonces
breve el tiempo. Como el pájaro
al elevarse abarca con sus alas
un diminuto pueblo o costerío,
la inmensidad de lo vivido arrecia,
y se mira remoto el ayer próximo,
en que el pico ávido bajaba
en busca de alimento.
¡Qué eternidad
de soles ya vividos! ¡Y qué completa
ausencia de nostalgia! Para crecer
se vive. Para nacer de nuevo
y rehacer la mala copia original.
Para crecer, se sufre. No se quiere
volver atrás, ni tan siquiera al tiempo
rumoreante de la juventud.
Que no para que el rostro
luzca lozano y terso se ha vivido.
No para atraer por siempre con el fuego
de la mirada, no con el alma en vilo,
por siempre se ha de estar.
De cierto modo
la juventud es también como una cierta
decrepitud: un ser informe,
larva, debatíase, qué peligrosamente
amenazado. Se vivió. se salió,
quién sabe cómo, del hueco,
de la trampa:
valió el otro
del bosque de la vida, el pleno encanto
de los claros del sol entre lo umbrío
para pagar su precio: lo tanto
costó poco; poco el sufrir inmenso
para esta dádiva: al rostro
orne la arruga como el pecho la cinta coloreada
de un guerrero
o como al niño la medalla premia
por la humilde labor.
Como el avaro
el peso de un tesoro, encorva
la espalda anciana el peso
del vivir.
Mas ya, arriba,
a la salida, ya, se mira
hacia atrás sonriendo, renacido,
como agrietada cáscara el polluelo,
ya se van desligando las amarras,
del extraño navío, y como novio trémulo
locamente lo incierto hace señales.
costó dolor, muerte costó, la vida.
Y al tiempo, breve o largo, siempre corto,
como el relámpago del amor, se le mira
ya sin recelo ni amargura
como a las heridas de la mano, en el arduo
aprender de su oficio,
contempla el aprendiz.
Bella es toda partida.


J U A N R A M Ó N

Erguido chopo español, ardiente y solitario! J.R.J. 

¿SON acaso distintos
ese chopo español y tu alma de ascua
fija, llameante en la cima? 
Tu palabra, zarzal heridor 
tantas veces, ¿distinta
a la esbeltez del agua en los jardines
del Generalife? 
Más allá de toda
voluntaria virtud o inconsciente
hermosura ¿no ampara
al hijo el primigenio brío? 
¿Cómo creer que la tumba
tuya, en tu cementerio de Moguer, 
te guarda bajo su lápida
mejor que el ciprés allí plantado, 
con su cimero verde
profundo y melodioso? 
Y tu voz ¿no es como su copa, 
sobresaliendo del cercado de los muertos, 
fogueando alta y atada
al amor de esas cuatro tapias pobres
y blancas? 
¿Es que los dos vigilan otra cosa
que el sol de lo real, 
riqueza única de la pobre
España, -su solo y fiero
corazón? 




Josefina García-Marruz Badía. (La Habana, 1923), conocida artísticamente como Fina García Marruz. Fue miembro del consejo de redacción de la revista Clavileño, y del grupo de poetas de la revista Orígenes (1944-1956), que encabezó el poeta y narrador, José Lezama Lima, en el que participaba también su esposo, el poeta, narrador y ensayista Cintio Vitier, así como Eliseo Diego, Octavio Smith, Gastón Baquero, Ángel Gaztelu y Cleva Solís, entre otros. Con sus primeros cuadernos Fina se destaca y singulariza entre los origenistas con sus Poemas, 1942 y la Transfiguración de Jesús en el Monte, 1947, por el acento profundamente espiritual de su estética.

Su obra poética fue apareciendo de manera paralela a su labor investigadora con obras como Las miradas perdidas, 1944-1950, 1951; Visitaciones, 1970; Créditos de Charlot, 1990; Los Rembrandt del Hermitage, 1992; Viejas melodías, 1993 y Habana del Centro, 1997, entre otros.

Ha recibido el reconocimiento nacional e internacional a través de la concesión de numerosos galardones de prestigio como el Premio Nacional de Literatura, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda o el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2011.

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