(Una foto de Omar Sanz. @lenguajedemudos)


Yo no sabía que Ingmar Bergman había nacido un 14 de julio y, sin embargo, como una señal del más allá aquel 14 de julio del 2017 me encerré en un apartamento a ver todas las películas del maestro en una especie de trance. Como si estuviera haciendo una misa espiritual en su nombre o tratase de recuperar la fe. Yo pasaba de los treinta y nunca me había dado por eso. Pero ahora lo necesitaba. Es raro pensar que el espíritu de este hombre que vivió, amó e hizo cine tan lejos, pudiera llegar a esta isla, en ese verano tan caluroso.
La depresión y el cansancio me comían por dentro y solo tenía fuerzas para pasar de una película a la otra. Mientras pasaban las horas, los días, me fui levantando poco a poco. Me fui embullando y comencé a vislumbrar una luz al final del camino. La trilogía del silencio me marcó tanto que empecé a indagar en el tema del silencio de dios en las creencias afrocubanas. Mi abuela era una espiritista y yo desde chico vi todo lo que ella hacía y con el respeto que lo hacía. Tras todos los problemas que me trajo “Santa y Andrés”, la única manera de volver a recuperar el amor hacia el cine era haciendo un viaje hacia la semilla, hacia mi infancia. Y así comencé a escribir de nuevo, una nueva película. Una película sobre la fe. Una película que tenía que tener la frescura del agua clara de un bautizo.
Pasó el verano y cada vez que me sentía por el piso, ponía un pedazo o volvía a visitar algunas de sus películas. Era como una especie de cura. Al final en muchas de sus obras la fe era algo muy importante y yo estaba buscando mantenerme con fe.
Para octubre empecé a visitar a muchos religiosos: cartománticas, babalawos, paleros… Y todos me decían algo distinto, como si mi futuro no estuviera del todo claro. O como si los grandes entes no se pusieran de acuerdo en qué iban a hacer conmigo. ¿Me iba a ir del país? ¿Iba a tener una mujer nueva? ¿Iba a cambiar de trabajo?
Un amigo me prestó una serie de documentales sobre Bergman y viéndolos, me descubrí imitando su acento, y sin saber una gota de sueco empecé a tratar de repetir lo que decía. En uno de los documentales se hablaba de los últimos días de Ingmar en su casa, solo, en el medio del silencio, el frío, la sequedad.
Creo que desde esta isla de la fiesta y la sandunga es imposible que salga una obra que se pare al lado de “Persona” o de “Los comulgantes”. Pero al mismo tiempo, yo personalmente agradezco no estar en una isla fría. Aquí la soledad es distinta, porque es una soledad en medio de la gente. Aquí un asesino en serie no puede tener a su víctima en el sótano porque se enteraría el CDR, ni te pudieras suicidar en silencio porque los ruidos de los vecinos, los gritos del motor de agua, el reggaetón a todo lo que da, no te permitiría estar un momento a solas contigo mismo. No te dejarían concentrarte.
Yo soy devoto de la virgen de la Caridad del Cobre. Cuando era pequeño era muy enfermizo y un día mi madre, que era del partido comunista y reprendía a mi abuela por sus creencias, me llevaba por el parque; cuando una señora morena le dijo que yo no iba a salir del hospital hasta que me presentaran ante mi verdadera madre: La Virgen de la Caridad.
A escondidas mi madre me presentó y hasta el día de hoy no he entrado más nunca en un hospital. Cada vez que me he ganado un premio importante en mi país he tratado de llegar hasta el Cobre para donar el trofeo y dejarlo ahí, cerca de la virgen. Y las últimas veces no he podido tener ese momento de meditación antes de entregar el regalo a la Virgen, ya que los vendedores no me han dejado. Siempre han estado arriba de mí pidiendo dinero. Y he tenido que hacerlo todo muy apurado. Como corriendo. Sin poder concentrarme.
Bergman, a solas, frente a sus diablos de cola torcida, seguro que si podía concentrarse más. Pero no sé qué es mejor, para estar en una isla fría a solas hay que tener un buen par de cojones. En muchas religiones afrocubanas se habla de la soledad como el peor estado en que se puede estar. Cuando los negros africanos fueron traídos y esclavizados, no tenían ni a sus familiares, estaban en una tierra extraña y tampoco tenían como pelear contra los blancos explotadores, entonces se valían de las creencias y de los muertos para luchar, para no sentirse solos.
La soledad era y es lo peor. Las personas que crean, me parece, que pueden combatir la soledad con su obra. Todas estas ideas me han servido para tratar de en mi próxima película hablar de la crisis existencial de una afrocubana, en esta isla de la fiesta, la risa y la gozadera. No sé si lo logre.
A veces siento que Bergman me acompaña, pero cuando me pongo a revisitarlo en el fondo, la vecina pone a Chocolate, y ahí solo, como un desquiciado, me pongo a bailar en el medio del salón. Sin entrar en comparaciones súper estúpidas, a veces Chocolate me ayuda a levantar el día y decir que sí, uno es un tigre, un caballo, un bárbaro y pa’ la pinga el mundo y pa’l carajo los demonios.
Ingmar, en su isla, qué música pondría para espantar a los bichos. Algo clásico. Pero seguro que no podía bailar.
Cuando se acabe el mundo, y no queden humanos, espero que una de las películas que sobreviva todo, sea una de las de Bergman, pero quién sabe, quizá la que sobrevive es “Una noche en el Roxbury”.
Maestro: la tiraste fresca, hiciste tu pincha y tomó vida propia, viajó y llegó a la Conchinchina. Y hoy acompaña a muchos. A muchos que intentan, día tras día.
No me abandones Olofin. No me abandones San Ingmar.

Carlos Lechuga. La Habana 1983. Director, guionista, script doctor, ghostwriter y muy cinéfilo. Estudiante de la FAMCA del ISA y de la EICTV. Ha dirigido hasta ahora varios cortos y dos largos. Ha trabajado con cineastas como Humberto Solas, Juan Carlos Tabío, Iciar Bollain. Sus obras han estado en varios festivales internacionales como Toronto, Rotterdam, San Sebastian y en museos como el Moma.

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