Mi dios es un elefante engalanado, un danzarín que gira en una rueda de fuego, un hombre que se maquilla los párpados de azul profundo. Es una mujer embarazada a punto de parir el cosmos.
Mi dios es un humilde artesano con las muñecas atravesadas por clavos mohosos, un joven armado con látigo que echa por tierra las mesas de los mercaderes en el templo. Es un hombre de mirada verde sentado entre Magdalena y su discípulo favorito.
Mi dios es un guerrero de cuerpo rojo armado con la doble hacha, es una bola de luz, un lago secreto, un volcán dormido, un árbol solitario que resiste los rigores de la próxima glaciación.
Mi dios es un átomo, una piedra, una hoja seca, un perfil desconocido que centellea detrás del cristal de la ventana bajo la lluvia.
Mi dios está en todo. En nada. Mi dios casi no existe a fuerza de existir. Le digo “dios” por darle algún nombre, pero es lo innombrable, lo impalpable, lo increado, al mismo tiempo tan real como el pecho de mi madre goteando en mi boca de recién nacido.
Mi dios no es excluyente, porque excluyentes somos los hombres. 
Mi dios tiene el aspecto de mi amante, de mi madre y mi padre, de mi peor enemigo. Es inútil hablar de él y al mismo tiempo es inevitable. Es indescriptible, inefable y más íntimo que mi sangre menstrual, que mis quejidos, que mi grito para entrar en la batalla, que mis huesos blanqueando en una tumba anónima.
Mi dios no es mi dios y yo no soy de él, porque hay un punto en el que nos confundimos y somos lo mismo, él-ella en el macromundo del macromundo, y yo en el micromundo. 
Ahora mismo me ha tocado con su aliento para que yo escriba, lee estos versos imperfectos por encima de mi hombro, y sonríe.



Dionisos

Él anuncia que vendrá y que ya nada volverá a ser como antes. 
Él promete que lo veré a danzar a mi alrededor, 
con su cuerpo machihembrado, con sus ojos de pájaro y su lengua escindida. 
El Hombre Serpiente. 
Aquel que se adentra en mi boca para morderme y pasarme su veneno. 
El que plantó en mi cabeza las imágenes del mapa 
de esa comarca que no existe más que del Otro Lado. 
El que es agua y aire y fuego y tierra. 
El que se curva para chupar su propio falo. 
El insaciable.
El que mueve las caderas como una hembra. 
El que avanza con la fuerza de una flecha 
para clavarse en el centro mismo de la diana. 
El que es Hijo y Amante y Maestro al mismo tiempo. 
El Hombre Mariposa. 
Aquel que cantaba en las madrugadas de mi infancia 
para poner humedad en el dedo con que bajé por mi vientre 
a la hora en que dormían los adultos. 
El que te aplasta el corazón con una mano 
y con la otra lo empapa de su propia sangre para curarlo. 
El que te viste con todos los colores del arcoíris. 
El que conoce los secretos del camino subterráneo. 
El que desciende y el que vuela. 
El favorito del Padre: Aquel que vive a su diestra y es acariciado. 
El favorito de la Madre: Aquel que se alimenta de sus pechos y de su boca. 
Aquel que jamás duerme. 
El que te habla desde el silencio 
y te hace caminar cuando estás tendido. 
El que te puede llevar por un paisaje donde el sol ya no se pone nunca 
y al mismo tiempo nunca deja de ser noche estrellada.


Él promete que vendrá y que ya nada volverá a ser como antes. 



Vampiro

Vida, dilo, repítelo: vida vida vida, 
y del otro lado vida que desconocemos
y que llamamos muerte, y que tememos.
Esta chaveta, mi amor, de zapatero de Hermes,
atravesando lo que he sido y lo que soy.
Esta boca con hambre de belleza que se abre,
muda, torturada, como la de un pez fuera del agua.


Mis alas de monstruo batiendo en la oscuridad.
Mi voz llamándote sin reposo, mi mano tanteando el aire
frío, en la búsqueda de tu sexo y tu yugular.
Mis colmillos listos para morder.
Mi corazón listo para alimentarse de tu fulgurante yo.


Los lobos nos cantan, ¿puedes escucharlos?,
los omnipresentes niños de la noche.
Y todas las rosas negras, las rosas digitales que esparcí
delante de tu puerta, rezuman sangre.


Te voy a tomar mientras duermes.
No duermas ya nunca.
Te voy a exprimir como a un racimo de uvas griegas.
Te voy a borrar de la memoria el vino aguado
que has bebido hasta hoy,
y el sabor de la primera hora del alba.


Veo estacas que apuntan, que amenazan, rígidas.
Veo hogueras ardiendo sobre las terrazas
y un sol púrpura quebrándose en el lomo del oeste.


Por la primera y la última vez
serás huésped del que no se refleja en los espejos.



Bifronte

Estoy dividido-dividida como una tierra fronteriza.
Lengua de miel, dientes que se clavan en la doble garganta.
Cierro los ojos para tocarte los pechos, y mis manos ahora suben
por colinas que se erizan rumbo al cielo, ahora descienden,
se aplanan encima del mundo de blanca asfixia que es tu vientre.
Soy dos mitades que jadean como si respiraran azufre.
Me divido, multiplico mis estancias y acabo siempre en el medio. 
Qué soy que no soy más que una fina culebra de ceniza
que se enrosca en tu cintura mientras mi lengua (bífida)
traza un sendero serpentino en la nuca de otro. 
Mis ojos arden en el espejo. Mi cara se afila y palidece.
Hambrienta criatura inapetente. Mitad por ti y mitad por él.



Deja una señal en los muros, que yo entenderé.

Tropieza conmigo en un pasillo. Extiende la mano
y golpéame en la espalda. Pregúntame algo absurdo.
Pídeme que te salve.  Susurra unas estrofas
de esa canción cuyo nombre desconozco.
Envíame una pajarita de papel. 
Patea un charco de lluvia cuando yo pase.
Llámame por otro alias. Trata de detenerme. 
Que yo entenderé.





Chely Lima es un escritor queer cubano-americano que ha publicado numerosos libros (poesía, novela, cuento, teatro, literatura para niños) en su país de origen, así como en España, Estados Unidos, México, Colombia, Venezuela y Ecuador. Textos suyos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, alemán, italiano, ruso, checo y esperanto, y numerosas selecciones y antologías de literatura de diversas partes del mundo recogen muestras de su obra.

















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