En cierta ocasión, una alumna me comentó que ella escribía para personas normales. Afirmación que me dejó, ciertamente, desconcertado. Por dos motivos. Por una parte, no creo que uno deba escribir para nadie, para un tipo o perfil de público determinado. Aunque se pretendiera esto, ¿para quién se escribiría? ¿Para un sujeto occidental de mediana edad con una formación académica media? ¿Para un ciudadano joven? ¿Con amplia cultura? ¿Con poca cultura? ¿Para un habitante de Madrid? ¿De Budapest? ¿De Tokio? ¿Para quién?

Un poeta, un escritor, un artista, por extensión, debe hacer el trabajo que crea que ha de llevar adelante. De una manera seria, intensa, honesta, sobre todo consigo mismo. El receptor de la obra será quien tenga que ser, opinará lo que tenga que opinar, eso no debe preocuparnos. Sí volcarnos en la manera en que vamos a afrontar el acto creativo.

Por otro lado, el calificativo “normal” ya me dejó entre la tristeza y el enfado hacia quien había pronunciado aquellas palabras. ¿Y quiénes son los normales?, le pregunté. Aún estoy esperando respuesta, como no puede ser de otra manera porque, ¿qué es lo normal? ¿Quién puede atreverse, y bajo qué autoridad, a determinar “lo normal”?

La cosa iba por el mismo sendero en el que me he encontrado en otras ocasiones al mantener conversaciones similares. Entiendo que ella quería transmitirme que escribía en un lenguaje llano, claro, comprensible, para personas “normales” que entienden un lenguaje “normal”. Y, de paso, dejarme caer la pesada y consabida etiqueta de “elitista”, recurso tan utilizado para justificar lo facilón y lo insulso. Y he aquí, en mi opinión, uno de los más serios problemas en la creación literaria y, en concreto, en la creación poética: tomar el lenguaje como un corpus fijo, epistemológico, inalterable, encajonado (y, si se me permite la expresión, acojonado). No comprender que el lenguaje es un don y una condena que remonta desde lo radicalmente otro de nosotros, desde lo más desconocido que nos constituye, y que creerse el capitán de la nave escribiendo un lenguaje supuestamente pleno de conciencia, además de repetitivo y consabido, poco aporta.

“La palabra tiene ese doble carácter: nos brinda una tierra y nos sirve como herramienta de comunicación, pero también tiene algo de tierra inhóspita.

(…)

La palabra remite siempre a ese origen perdido, es siempre reflejo del fantasma del origen que, en tanto reprimido, usando la terminología freudiana, se manifiesta como algo siniestro. Lo strano in parola. De ahí el título de este ensayo: “Lo siniestro enroscado a la palabra”. Y enroscado porque si hay dos grandes mitos de la caída del hombre y uno de ellos es la confusión de lenguas de Babel, el otro es, sin duda alguna,

la expulsión del Paraíso cuyo símbolo es, precisamente, la serpiente enroscada al árbol del Bien y del Mal, esto es: del conocimiento”.(1)

Cabe resaltar, pues, la importancia de intentar que el lenguaje conecte, enganche, con aquello que, sin cesar, se oculta, tiende a no mostrarse y se constituye en enigma. El ser humano es un animal simbólico, en el que el peso de la palabra resulta fundamental y marca, de manera contundente, al sujeto, en el cuerpo y en el espíritu. El lenguaje es, posiblemente, lo menos gratuito que existe. Y, dependiendo de cómo lo utilicemos, puede resultar una vía de crecimiento o una herramienta de manipulación o bien la senda por la que transitan el embrutecimiento y el anquilosamiento. No deberíamos afrontar la escritura del poema con un espíritu que no fuese el de proponer variaciones, transgresiones, indeterminaciones, el de dejar al lector al borde de un descubrimiento, una revelación, un abismo al que asomarse. Soy de la opinión de que los seres humanos crecemos junto al borde de los abismos, frente a las encrucijadas, sobre la finísima y peliaguda línea que trazan los límites. Sentados cómodamente en una hamaca desde la que contemplar siempre el mismo paisaje, no podremos aspirar a más que a convertirnos en sujetos estáticos, sin margen para avanzar.

De modo que es elitista quien considera al otro un sujeto inteligente, capacitado para reflexionar, imaginar, emocionarse. Quien propone nuevos caminos, de indagación, de apertura hacia puntos de vista inéditos. Nuevas formas de interpretar el mundo, de contemplarse como ser humano. Quien lanza líneas para que la línea continúe existiendo. Ese es un elitista.

Sin embargo, quien toma al otro por un sujeto estático, apocado, sin capacidad para incorporar conocimientos, para moverse, desplazarse a lo largo de sus posibilidades, para elaborar conceptos y pálpitos con una cierta profundidad, esa persona es humilde, cercana, escribe para el pueblo – frase muy socorrida y de mucho éxito, aún, en nuestros días, frase con tintes tardostalinistas-, como si ese pueblo, esos ciudadanos fuesen estúpidos y estuvieran fijados a una pared con una buena ración de cemento a la espalda. Esos “humildes” reparten siempre la misma droga y se esconden bajo las mismas banderas, armados con las mismas frases hechas, políticamente correctas. Deben pensar que, de este modo, las conciencias del poeta y del receptor del poema quedan más tranquilas.

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(1)“Lo Siniestro enroscado a la palabra: lenguaje y extrañamiento a partir de la lectura de Lo siniestro de Freud”, Ana Carrasco Conde, Espéculo, revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid, 2006, pp 3 y 4.




(Fragmento de “Qué entendemos por entender la poesía”, Alberto Cubero, editorial Escolar y Mayo, Madrid, 2017)





Alberto Cubero (Madrid, 1972). Poeta y ensayista. Es profesor de talleres de escritura creativa y creación poética en diferentes instituciones.
Tiene publicados los poemarios: Pájaros de granito, Legados ediciones, 2008, La textura metálica del dolor, editorial El sastre de Apollinaire, 2011, Hendidura, editorial Devenir, 2014. Ha participado en las antologías La república de la imaginación, Legados ediciones, 2009, y Voces del extremo, editorial Amargord, 2014. También los libros de ensayo: El acto poético como expresión límite de lo inefable, revista especializada en poesía “Cuadernos del matemático”, número 50, junio de 2013; Poesía e inconsciente: relaciones entre poesía y psicoanálisis, revista especializada en poesía “Cuadernos del matemático”, número doble 51-52, abril de 2014; La delgada línea en el tránsito desde el Yo hacia el Otro en relación con la persona, junto a Ana Abad, terapeuta ocupacional, revista de la AMSM, diciembre 2013; La mirada creativa del otro, junto a Ana Abad y Mariano Hernández, psiquiatra, revista TOG (Terapia Ocupacional de Galicia), septiembre 2014.
Ha obtenido menciones en diferentes premios, entre los que cabe destacar: finalista en el Certamen Internacional de Relato «Art Nalón» (Langreo, 2006); finalista en el Certamen de Poesía «Arte Joven Latina» (Madrid, 2006); tercer premio en el Certamen de Poesía «Gabriel Miró», (Castell de Guadalest, 2007); finalista en el Certamen Internacional de Poesía Margarita Hierro (Getafe, 2011).
Colabora en diferentes revistas especializadas en poesía y crítica literaria, publicando tanto poemas como ensayo, entre las que cabe citar “La hamaca de lona”, «Ábaco» y “Cuadernos del matemático”.

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