Morfología de una Isla

Una Isla puede ser un pez masticando la noche
una luciérnaga llameante
algún párpado
un guiño estrepitoso contra la terquedad
de los pájaros que revolotean
sobre la espalda de la tarde
anunciando el silencio fantasmal
de esos días donde enero se llovizna.

Podría ser una caracola
más bien vivísima y multicolor
para beber de ese sol que se pavonea
sobre su cabeza
que es casi una médula de aire
un ramalazo de mangle y uva caleta
el eco de una mística salobre ondulando
sobre la arena y la altivez de las costas.

Pero una Isla es esa criatura cautiva
que envejece en la trampa de la sal
donde el arrecife muerde sus flancos
y el desaliento emana de las llagas
para humedecer esas lenguas siempre famélicas
de las bestias sin linaje que no saben de su gemir.

Es una madre derrotada
un contagio más allá del dolor y toda sentencia.
Las estaciones van dejándole
un aura de cansancio y melancolía
tan nítido como el grito del ahogado.
Los seres que la habitan saben
que su morada es una tumba
un embudo que es un abrevadero
que es un cardumen de tiempo muerto:
aborrecen tanta estrechez
los gastados senderos hacia la nada.

Una Isla no es más que una cáscara
tan leve como la espuma de la ola
que solo arrastra vértigo y extinción
esa antipatía donde el océano se esconde
para no compadecerse ante sus huesos
ya marchitos de tanto ahuyentar
los ácaros de la soledad.

Como si tanto delirio esplendiera menos
que un disparo o una centella
procura desgajar los círculos de alambre
que florecen como un nimbo de locura
justo al centro de su propia existencia
solo para develar que no hay cumbre ni éxodo
más allá de esa mácula que es su perfil
condenado a la inmovilidad.

Por eso ella aborta los ejes
cuelga sus retazos en el borde del horizonte
y fractura las pilastras de su memoria
que es la evasiva más certera
ante su maldita circunstancia:

para salvarse de sí misma
una Isla termina olvidando su condición de Isla.



Charlotte Bless envía una carta
(a su amante encarcelado)


                                           Por Nicole Kidman, en el filme The Paperboy


Poco importa que me llamen puta:
yo soy Charlotte Bless
he heredado la belleza y el carácter del Sur
mi cuerpo —fruto de tentaciones—
es espiral de lujurias que conducen
hacia la sangre que ensucia tus manos
allí donde ambiciono hacerme jirones
y acomodar los antojos
para concederte el tacto del goce
que otros te han negado.

Nada me incita más que saberte convicto
solitario en una cárcel que atiza tus efluvios
apartándolos de esta boca que encumbra
—a merced de mis invenciones—
todo escenario en que me tornas mansa
igual que una perra abandonada a su suerte
agradecida de tu sexo para mitigar los ayunos.
Por eso entraré por el camino más oscuro
sin miedos a los obsesos
que me tildan de loca y perdida
tanteando la ruta hacia tu ingle
único espacio donde el ojo de Dios
no podrá hacer de voyeur
ni maldecir los actos
que mi instinto desatará con sordidez.

Seré ungida en el sudor de tu pecho
lameré las iniciales tatuadas de mi nombre
(cicatrices de la espera)
bajo tu pelvis doblaré esta espalda
que es cuerda floja y estribo
anverso y reverso del éxtasis.
Muchos dispondrán excusas e injurias
pero yo abriré mis piernas
les mostraré el pináculo del universo
todo el esplendor que me habita
y fluye hacia el centro de mi ser.
Sólo así comprenderán lo que busco
lo que me trasmuta en posesa
bajo la aureola de tus sortilegios.

Eres mi hombre Hillary Van Wetter
hombre culpable-paria-rastrojo:
asco de los fieles.
Pero yo soy Charlotte Bless
y en ti me renuevo
titilan estos huesos
se crispan mis senos en cada orgasmo
cuando pronuncio tu nombre
y lo siento chapotear —con pulso viril—
en mi saliva.
En la fruición de un ritual obsceno
ofreceré cabeza y útero:
con ellos quemarás los restos de mi inocencia
avivarás el odio de los que te repudian
y tu culpa se hará cada vez más enorme
más impúdica.

Entonces ya nada podrá sofocar el deseo
que provocas en cada fibra de mi cordaje:
mientras mayor sea tu suciedad
y pecado ante estos ojos
más esclava y sicalíptica seré de ti.



Las moscas al menos persisten

1.
De qué vale ser un pene
si no tengo voz
ni arbitrio
para alzarme hasta la lumbrera del mundo.
Prefiero morir como un perro sin nombre
en una esquina sin sol morirme:
lepra y pus calcinándome
de la médula
hacia afuera.
No me resigo a ser un alma lívida
enquistada en la vergüenza y el absurdo
que frutecen bajo los embozos
donde se trenza el tiempo
hasta vaciarse de su índole.

2.
Un pene anclado en la hojarasca
de la inmovilidad
que obedece y se compacta
bajo un cielo extraño
ante el inútil réquiem
por la caída
y el fiasco
es un lastre que ningún cuerpo necesita.
Apéndice que permanece
solo para ser parte de una nada
tan exacta como el olvido.
No me han otorgado el raciocinio
me son ajenos
los arcanos
el respiro
y esos ámbitos memorables
para saber que algo puja
más allá de los bordes.

3.
Es lamentable ser un pene común
entre los escombros
sin hazañas
ni historia
igual que un hálito de polvo
un susurro diluido en el silencio.
Prefiero morirme no en la sal de los ojos
o al costado de algún cuerpo
ni en los dedos de esas manos
hechas para otro amasijo que no soy yo mismo.
Podrirme como la sed a la boca de los lémures
igual que la escara en la piel del enfermo.
No brillo entre los residuos del mundo
mi grito es endeble como la audacia
de la crisálida.
Las moscas al menos persisten
aletean
en los esteros del día
mientras nadie ve difuminarme.







Milho Montenegro (La Habana, 1982) Poeta, narrador y periodista. Licenciado en Psicología General por la Universidad de La Habana. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ganador de diversos premios nacionales e internacionales. Ha publicado los cuadernos Muchachas que llegan con la noche (poesía, Editorial Guantanamera, España, 2017), Muchachos que no merecí (poesía, Editorial Espiral Publishing, EE.UU, 2017) y Erosiones (poesía, Editorial Letras Cubanas, 2017). Colabora como entrevistador y reseñista en varias revistas dentro y fuera de Cuba. Tiene en proceso editorial la novela Las Inocentes.

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