La capitana era impredecible. A veces nos llamaba compañeros o tripulación, pero también podía ser señoritas, marineros o banda de imberbes. En esa ocasión, sin costa a la vista, con viento contrario y con bastante marejada, nos llamó remeros. Y enseguida agregó una orden:

—¡Dejen de remar!

Luego le indicó a Palinura, la timonela, que virara en redondo. Con el viento soplando desde la popa algo de alivio hubo. ¿Mandaría levantar la vela? ¿Podríamos descansar? De ninguna manera. Dio esa orden solo para que el aparente fuera menor y no nos sonara tanto en los oídos: quería que la escucháramos bien. Luego mandó que nos reuniéramos en la cubierta, entre el mástil y la proa.

Cuando la orden estuvo cumplida, nos habló desde la popa; el viento nos llevó primero palabras de alabanza por los trabajos realizados; luego nos explicó que íbamos a internarnos en la región de los tritones, capturar uno y atarlo al mástil. Después íbamos a cantarle hasta que el canto significara “del tritón, su perdición”. Ella se expresaba de esa manera, de seguro para hacernos pensar en por qué. Luego preguntó si había alguien que se opusiera. Porque en ese caso el oponente estaba en plena libertad de cobrar su parte y abandonar el barco. Nadie se opuso.

Yo, impulsivo como soy, levanté la mano, haciendo uso de una especie de parresia concedida por ella y apreciada por nosotros. Se trataba de pedir la palabra y decir cosas (a veces digo cosas, incluso sensatas). Esa vez era una pregunta que yo venía chapoteando en la boca. La capitana, como otras tantas veces, simuló interés y me hizo señas de que hablara. Cuestionando la sensatez del proyecto, solté la pregunta, que voló y se metió en las orejas de todos:

—Pero si oyéramos el canto de los tritones antes de capturar uno, ¿no será de nosotros la perdición?

Me parece que era algo en lo que ella no había pensado. Pero como tenía fama de ingeniosa y deseaba mantenerla, y aun incrementarla, de inmediato replicó en estos términos:

—Eso no es un problema. Ustedes van a ponerse cera en los oídos y no van a poder escuchar de los tritones su canto. Yo estaré atada al mástil. Y es posible que enloquezca, que les dé órdenes de que me suelten, pero

ustedes no me hagan caso. Ustedes tiene desde ya órdenes de desoír (nunca mejor dicho, pensé) las órdenes que yo les dé en ese momento.

Ahora oigo el corretear de un niño gritando por el corredor. Tan bien que venía todo. ¿Quitarme la venda, abrir los ojos? No, se aleja. Los padres tendrán que ir a buscarlo y volverlo a su asiento. Y ponerle cinturón de seguridad. A ver.

Era bastante idiota todo, la respuesta que nos dio la capitana, la situación. Si no íbamos a poder oír el canto de los tritones, tampoco íbamos a poder oír las órdenes de ninguna capitana por más vozarrón que tuviera. ¿Cómo iríamos a capturar un tritón, con el barco en movimiento, ensordecidos por la cera y con la capitana atada y enloquecida por los cantos tritonescos? Había que traerla de vuelta a la zona del sentido común. Pero ¿quién le ponía el cascabel al gato? Yo no, por cierto; yo ya había hablado y no debía abusar de la parresia. La mandamás estaba ahí, de brazos cruzados, más elevada que nosotros en su plataforma, satisfecha de su ingenio y de lo que se proponía hacer. Y todos callados.

Pero el niño no está callado. Ni quieto. Corretea por mi zona. Oigo que el padre lo llama, Augusto, Augusto, pero el niño parece tener más cera en los oídos que las que Homero les puso a los remeros de la Odisea. Levanto la venda, miro; en la pantalla una mujer de pantalón y camisa blancos hace lentos movimientos de yoga sobre una plataforma colocada en un lago con fondo de montañas mientras el ruido de los motores atraviesa el fuselaje, el aire de la cabina y mis tapones en los oídos. Para colmo de males, el paquete de energía con piernas en forma de niño Augusto, un narcisista en cierne que corretea con gran entusiasmo por el pasillo, pega pequeños gritos, de modo que lo mejor es venda de nuevo, voluntad, bajar la cabeza y sumergirme en el agua del mar Egeo.

Guiado por la mano segura de Poseidon, veo que a tres metros de profundidad una gruesa red de pesca encierra a un tritón. Pero una de las aletas caudales corta la malla con inaudita facilidad, permitiendo así que el resto del tritón escape, sonrisa burlona en boca. La red se ha perdido, quizá termine flotando. ¿Y qué? Derrelicto más o menos, no será la primera ni la última.

Quizá la capitana ignoraba de los tritones su destreza escapatoria. No era un dato menor; yo tenía que advertirle de lo que el dios marino me había permitido saber. Tenía que hacerlo, así me sancionara, de manera que levanté de nuevo la mano. Ella me vio, pero me negó la palabra.

—¡Atencion, inútiles! —nos gritó. —¡Regresen a los bancos y pónganse a remar!

Palinura la llamó a su lado y vi cómo estuvieron conversando en voz baja hasta que la capitana terminó por hacer un gesto de no, definitivo, y ordenó que la segunda de a bordo nos repartiera una bola de cera a cada uno de los remeros. La teníamos que cuidar, porque en ello se nos iba la vida. Como la orden concernía a los remeros, Palinura, sicorígida, no se puso cera. Así le fue.

Horas más tarde, ya con la costa a la vista, llegó la orden de que arrojáramos la red al agua y nos taponeáramos los oídos: estábamos en la región tritónica. Vaya a saber con qué intenciones, la capitana ha hecho correr el rumor de que Palinura se cayó al mar, aunque lo más probable es que nuestra brava timonela se haya arrojado al mar luego de haber oído los famosos cantos y con la intención de hacer algo imposible con alguno de esos seres sin entrepiernas. El caso es que estábamos con un timón sin gobierno y con la capitana enloquecida y atada al mástil. Tal como yo y hasta ella misma habíamos previsto, la sujeta se abocó, en esa región y durante un incierto lapso, a dar órdenes que nadie podía cumplir.

Desde luego no logramos pescar ningún tritón; salvo la capitana y la timonela, ninguno de nosotros oímos de ellos su temible canto. Y oír por oír, oigo en cambio al insoportable niño Augusto, de los progenitores su hijito dictador. ¿Qué mejor que correr una y otra vez por el pasillo, dando gritos que se sobreponen a de los motores su aullido, los que mis tapones apenas atenúan?

Pero quizá haya esperanza y después de todo no necesite siquiera abrir la epopeya homérica que compré antes de embarcar. Ahora la madre se lleva las protestas y su dueño al asiento, aunque, ahora lo compruebo, solo para soltar a la niña Máxima, su hermana. La odiosa personita, insaciable, ha extendido de la atención su reclamo a todos nosotros, los que, a ritmo de galeotes, vamos pedaleando este avión.






Leonardo Rossiello Ramírez. Nació en Montevideo en 1953 y vive en Suecia desde 1978. Forma parte del comité científico de revistas especializadas en literatura y es Miembro Correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Hasta julio de 2018 ha sido profesor de la Universidad de Uppsala.
Ha sido traducido el sueco, al esloveno y al italiano. Es autor de los poemarios X2000 (Lund, Litterae Tertii Millenii, 2001), Tankas (Montevideo, Yaugurú, 2012), Vitral a contraluz (Jönköping, Simón Editor, 2015) y 327 haikus senryus y tankas (edición en línea para Kindle, celular y tablet, accesible a través de amazon.com).
Está representado en antologías nacionales e internacionales del cuento, género del que ha publicado Solos en la fuente (Montevideo, Vintén, 1990), que fue finalista en el concurso de la Intendencia de Montevideo en ese año; La horrorosa tragedia de Reinaldo (Montevideo, Arca, 1993); La sombra y su guerrero (Montevideo, E.B.O.,1993), que obtuvo el primer premio Narradores de la Banda Oriental/Lolita Rubial); Incertidumbre
de la proa
(Montevideo, Graffiti, 1997), que obtuvo primer premio del Ministerio de Educación y Cultura en categoría Inéditos, y Gente rara (Montevideo, Torre del Vigía, 2006). Su cuento “Bicicletas Románticas”, incluido en esta colección, fue ganador del premio La Maison de ´Amérique Latine en el Premio Juan Rulfo de cuentos, de Radio France Internacional en 1997. Su sexta colección de cuentos, Mejor me despierto (Jönköping, Simón Editor) se publicó en 2016.
Recibió el primer premio en categoría Inéditos del Ministerio de Educación y Cultura, por su novela La mercadera (Sídney, Cervantes Publishing, 2001 y Montevideo, Torre del Vigía, 2004). También ha publicado las novelas Aimarte (Bucaramanga, Sic Editorial, 2003), que resultó ganadora del premio Álvaro Cepeda Samudio de novela corta ese año. De esta existe una edición de E.B.O. con el título de Aimarte. El globo de Garibaldi (Montevideo, 2008) y otra, italiana, con el nombre de Aimarte. Una mongolfiera per Garibaldi (Galzerano Editore, 2010). Sol de brujas (Jönköping, Simon Editor, 2014), su novela más reciente, quedó entre las finalistas en el VIII Premio Vivendia-Villiers de Relato de Ediciones Irreverentes de ese año.

Share this Post