The Little Mermaid Gets Real 

I will do anything, I said, because I love you so.
Anything. No matter how it hurts. Prince smiled
fondly down at me groveling at the water’s edge.
That’s my girl he said. I answered I love you.
That sort of soppy stuff passed for conversation
back then, when my brain was water-logged and
my eyes blinded by visions of life on dry land,
Prince’s landlocked country estate, his kingdom.
So I said of course, to everything he suggested
back then, to the many operations that would
make me a real woman.
The first little changes did not hurt at all. Nail
extensions (don’t bite your nails, he warned, an
old habit of mine and a bad one, bad). Hair
grafting, botoxed lips. I could hardly believe it
was me. A doctor straightened my slanty eyes
and my big nose, and perked up my breasts with
a lot of silicon, extracted my jaw teeth and my
lower ribs, and finally, the most wonderful thing
of all (Prince was ecstatic), I did this major
operation that turned my finned tail into legs
which I could not only walk with, but also open.
I worried a little about that operation, not only
because it was said to be painful, not only
because my best friend Minnie said to thine own
self be true 
and then stopped speaking to me,
but Prince had mentioned in passing that it was
my finned tail that attracted him to me in the
first place, kinky and exotic, he laughed, pulling
me closer, running his fingers up and down my
scales. It gave me such a hard-on, just seeing
how you needed me, girl
. Later he said Why,
when I met you, you couldn’t even walk
.
When my highlighted, grafted hair tumbled
down over my bared, siliconed breasts, Prince
smiled and opened his hands. Alas, total
makeover was followed by total control. I’m
only telling you this for your own good
 Prince
explained. Do you want to be a real woman or
not? 
He told me how to vote, how to hold my
wine glass, how to walk gracefully. I would
have walked better if my feet hadn’t been hidden
by all that silicon, but I tottered along as best I
could, remembering to smile.
Prince stopped complaining and started going
on extended business trips. It was my happiest
time. I thought I had finally become a real
woman. I did not realize there is no fun in being
a controller when there is no resistance to
control. When Prince tucked his passport and
airline tickets in his inner pocket, or had to sleep
over in the city on weekends to straighten things
out
 (a cryptic phrase I understood much later), I
stood at the upstairs window waving good-bye
to the back of his helmet.
I sometimes met my old friends at a waterfront
cafe. They would swim up close and we talked
and laughed like in the old days. They told me I
looked great and Minnie asked Was it worth it?
I said yes, oh, yes and Minnie said, with a
worried frown, but doesn’t it hurt when you
walk?
 I had to explain again, Only in spike
heels
And anyway, Minnie, what won’t a real
woman do for love?
 She would look insulted
then and study her waterproof watch, say it was
getting late and she had better be heading back.
I guess you have heard this ending before, it is
not exactly new. One day, Prince came home
from a trip abroad and told me he wanted a
divorce. He had rescued a defenseless maiden
from a fiery dragon and she needed him. I need
you more, Prince
, I cried. I love you. He looked
at me in a rather bored way and said, Not so I
notice. The castle is in my name by the way.
 I
clung to his lapels and cried, But what did I do
wrong.
 And he replied, I knew you would say
that. You are so predictable, my dear.
 



(Published before in Poemeleon, a journal of poetry, http://www.poemeleon.org/janice-soderling/)




La sirenita se hace real
 
Haré cualquier cosa, dije, por lo mucho que te amo.
Lo que sea. No importa lo que duela. El príncipe sonrió
mientras me observaba reptar en mi edad acuática.
Esa es mi chica dijo. Le respondí Te amo.
Ese tipo de cosas banales llenaban la conversación
por aquel entonces, en que mi cerebro estaba lleno de agua
y mis ojos cegados de visiones de una vida en tierra seca,
el país del Príncipe, rodeado de países, su reino.
Así que dije por supuesto, a todo lo que me sugería
por aquel entonces, accedí a las muchas operaciones 
con las que me convertiría en una mujer real. 
Los primeros pequeños cambios no dolieron nada. Uñas
postizas (no te comas las uñas, me advirtió, un
viejo hábito mío, uno bastante malo, muy malo). Pelo
implantado, labios de bótox. Casi no podía creer
que fuera yo. Un doctor estiró mis ojos desorbitados
y mi nariz enorme, y reanimó mis pechos con
mucha silicona, extrajo mis dientes mandibulares y mis
costillas inferiores, y finalmente, lo más maravilloso
de todo (el Príncipe cayó en éxtasis), me sometí a la gran
operación que convirtió mi fina cola de pez en piernas
no solo podría usarlas para caminar, sino que podría abrirlas.
Estuve muy preocupada con esa operación, no solo
porque decían que era dolorosa, no solo
porque mi mejor amiga Minnie dijo cada uno tiene
su verdad 
y después dejó de hablar conmigo,
pero el Príncipe me confirmó hace tiempo que fue
mi fina cola de pez lo que le atrajo de mí a 
primera vista, rizada y exótica, sonrió, halándome
para sí, acariciando con los dedos de arriba abajo mis
escamas. Tuve una erección tan dura, solo de ver
cómo me necesitabas, chica. Después dijo Porque,
cuando te conocí, no podías ni siquiera caminar
.
Cuando mi brillante, injertado cabello se deslizó
por sobre mis desnudos, siliconados pechos, el Príncipe
sonrió y abrió sus manos. Esta total
transformación fue seguida de un total control. Te
lo estoy diciendo solo por tu bien El príncipe
explicó. Quieres ser una mujer real o 
no?  Me dijo cómo votar, cómo sostener mi
copa de vino, cómo caminar con soltura. Hubiera
caminado mejor si mis pies no hubieran sido moldeados
con toda aquella silicona, pero chapoteaba lo mejor que
podía, recordando siempre no dejar de sonreír.
El príncipe dejó de quejarse y comenzó a
hacer largos viajes de negocios. Fue esa la más feliz
época. Pensé que al fin me había convertido en una mujer 
de verdad. No comprendía que no tenía gracia ser un
controlador cuando no se ofrece resistencia al
control. Cuando el Príncipe colocaba su pasaporte y
billete de vuelo en su bolsillo interior, o tenía que dormir
en otra ciudad los fines de semana para arreglar cosas
por ahí
 (una frase críptica que entendí mucho después), Yo
me quedaba en la cornisa de la ventana diciendo 
adiós sin parar hasta que se perdía su casco.
A veces me reunía con viejas amigas frente al mar en un 
café. Ellas nadaban cerca de mí y hablábamos 
y reíamos como en los viejos tiempos. Me decían que yo
lucía tan bien y Minnie me preguntaba ¿Valió la pena?
Yo decía sí, claro, sí y Minnie decía, con el
ceño fruncido, pero ¿no te duele cuando
caminas? Yo le explicaba otra vez, Solo cuando llevo
tacones
. Y de todas maneras, Minnie, ¿qué no haría una
mujer de verdad por amor?
 Ella parecía insultarse
y se hundía en su reloj resistente al agua, decía que
se le había hecho tarde y que lo mejor sería regresar.
Me imagino que has oído hablar de este final, no es
nada exactamente nuevo. Un día, el Príncipe llegó a casa
después de un viaje y me dijo que quería el
divorcio. Había rescatado a una doncella indefensa
de un fiero dragón y ella lo necesitaba. Pero yo te
necesito más, Príncipe, lloré. Te amo. Me miró
con una mirada aburrida y me dijo, No lo había
notado. El castillo está a mi nombre, por cierto. Yo
me aferraba a su cuello y lloraba, Pero qué hice
mal. Y él respondió, Sabía que ibas a decir
eso. Eres tan predecible, querida.
 



(Traducido del inglés al español por Aleisa Ribalta





Janice D. Soderling has her writing base in Sweden but hails from the United States. Her poetry/fiction/translations have appeared in the print journals Malahat Review, Fiddlehead, Event, and Windsor Review,Glimmer Train Stories (first place winner), Beloit Poetry Journal. Work recently on-line: Centrifugal Eye, Literary Bohemian, Frostwriting, Hobble Creek Review, Prick of the Spindle, and soon forthcoming at JMWW, Innisfree Poetry Journal, Umbrella Journal, Soundzine, and Shit Creek Review.  Forthcoming in print at Blue Unicorn (US) and Anon (Scotland).

Janice D. Soderling escribe principalmente desde Suecia, pero proviene de los Estados Unidos. Su poesía / ficción / traducciones han aparecido en las revistas impresas Malahat Review, Fiddlehead, Event y Windsor Review, Glimmer Train Stories (ganador del primer lugar), Beloit Poetry Journal. Sus últimas publicaciones: Centrifugal Eye, Literary Bohemian, Frostwriting, Hobble Creek Review, Prick of the Spindle, y próximamente disponible en JMWW, Innisfree Poetry Journal, Umbrella Journal, Soundzine y Shit Creek Review. Próximamente impreso en Blue Unicorn (EE. UU.) Y Anon (Escocia).

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