(Juan Carlos Mestre «La Casa Roja», foto de Katakrak)




No me arrepiento de nada ni de nadie, la vida es un monólogo
entre la índole extinguida de una estrella y la natural semilla.
Mi alma crece silenciosa hacia un lugar incierto,
allí las fieras luctuosas, allí el sicario gótico y el infortunio ciego.
Brota el arco iris de los cálices que sostuvo Homero,
le brota su cuerno al fauno, el eco al precipicio, su luz al cielo.
Ésta es la frontera de mi vida, ésta la hora izquierda
exacta en el destino del corazón de un prófugo.
Yo iré donde tú vayas vida esquiva, en tempestad, de noche,
junto al fugitivo cazador de las lagunas, con el presidiario absuelto,
yo cruzaré los médanos con lumbre, yo abrasaré los remolinos ciegos.
He sido parcial con los vencidos, seguiré siendo parcial ante los muertos.
Recuerdo de mi infancia tres peligros,
recuerdo el mal, los ojos sin pretexto del maldito,
recuerdo el aire que había en las palabras,
recuerdo un sueño, su prodigio, recuerdo el asno blanco del lechero.
He vagado por ahí, irrevocable, alegre, desmedido,
he ofendido con voluntad a los jerarcas
y al atónito perpetuo en su torre de herrumbre.
Salgo de un lugar y voy a otro, me inspiran compasión las jaulas.
No soy distinto al péndulo en la cueva ni al nadador vendado,
mi mayor habilidad es la pereza de encontrarme con otros a menudo.
De lo mismo que me acusan yo me acuso, jamás mis amuletos me abandonan.
Siento ante la noche una curiosidad equívoca,
tengo ante lo súbito un poder magnético.
Hay un pretérito espectro que no olvido,
hay un rumor lejano del infierno,
hay un enigma hebreo junto al mito.
Mi cuadrilla es inhábil para todo, nada sabe.
Tengo un secreto según la estación del año,
un invariable encargo desde el primer aliento.
Me contradigo siempre, la certeza es la sombra de un delito.
De vez en cuando me asocio con proscritos,
encuentro a mi amigo en la revuelta, me hospedo en un lugar impenetrable.
Sé que existe en la belleza el bosque iluminado y la mujer mágica.
He oído la música del próspero océano y la ligera lluvia sobre el tambor de ébano,
he oído el tímpano y el arpa en las catedrales fúnebres,
la esquila del leproso y la irrevocable campana del jurista.
No he aprendido a sufrir, toda severidad es inhumana.
Yo era, yo fui lo que las manos de un padre ante la generación exhausta,
el encomendado a la mudez, el imprudente ileso.
Cada visión del hombre es una idea nueva que visita el mundo,
el silbato con que un cartero festeja la imitación de Dios.
La imaginación es una vivienda donde los herejes hacen ruido con el Apocalipsis,
la imaginación es insalubre para las lápidas y el asiento de los agónicos,
la imaginación hizo resucitar a Jesús al tercer día,
la imaginación es un túnel de tierra de colores ante los ojos del topo,
yo he visto el mundo real de la imaginación sobre la memoria de los errores,
yo he visto al turbulento y a su ferviente amiga salvados por la imaginación,
porque el cínico no ha ido al infierno gracias a la imaginación
y el infame no ha entrado en el deshonor de su propia verdad gracias a la imaginación.
Yo me revelo contigo en la imaginación como el silencio en una amante inédita,
la conjetura indaga su resoplido entre la ruina, el árbol aborrece los valles,
ningún cautiverio dura eternamente en la brevedad de los labios de Horacio,
ninguna ciencia de rabinos descubrirá la amistad entre la poesía y el cielo,
los nómades no tienen campamento sino en la periferia donde algo amenaza,
Dante no tuvo campamento en los infalibles círculos,
yo tengo un aposento bajo el sombrero de paja y una estera de marfil en el asilo de las nubes.
Mi nombre no dice nada a quienes me rodean, voluntariamente combato sus síntomas.
Concibo la memoria como el oficio de devolver a las aldeas su soberanía.
Algunas veces la juventud es una pasión enferma que ha huido del séquito,
su vanidad decora el orgullo como las sombras una caverna.
Todo lo inverosímil representa una verdad para alguien,
el unicornio es inverosímil, el ángel es inverosímil, la raya del horizonte es inverosímil.
Lo imposible es indulgente con la maravilla,
llamo maravilla al pez de obsidiana y al vértigo de otro abismo desde los puentes de mimbre.
La pesadumbre escolta los intentos como el desencanto la orfandad del logro.
El riesgo vive en el semblante de los supersticiosos, el crepúsculo tiene las manos atadas.
El progenitor del artista es un mensajero que trae recados de la oscuridad.
En la provincia de las fábulas hay fábricas de pórfido para el ataúd de las estatuas.
Lo contrario al fallecimiento es una sonrisa inesperada, lo contrario al glaciar la belleza del fuego.
Todo lo inmortal admite el mediodía, el girasol hace alianza con los páramos resecos.
El límite del hombre, el límite de la velocidad del pensamiento.
No han sido escritas estas palabras para el conocimiento de la razón
y no porque esa necesidad de conocer el sabor de los ruidos semánticos
no asista como un deber al hombre y sea enfermedad de su inteligencia,
pero el que entra en una tumba blanca y prueba el blanco y duerme sobre el blanco
no debería ya manchar con otra elección el lugar de lo sagrado.
Yo he entrado en una tumba blanca y he comido en ella carne brillante de pez,
he bebido agua de cal como otros beben agua de Dios mezclada con lluvia,
y a esa tumba la he llamado casa y he cerrado la puerta y me he quedado a vivir en ella.
Cuando llamó el lúcido le pregunté a qué venía, vengo para saber, eso dijo.
Cuando llegó el cobarde entró también el desconocido, traían aceite para las lámparas.
Nadie me ha ayudado a equivocarme, yo mismo he abolido mis derechos.




Esto sucede ante la hora izquierda de mi vida,
aquí donde Roma es una aldea de roja cal dormida bajo las rosas pútridas.
Sientes la vibración de los metales, el hedor de los escombros y la grasa,
aquí tras la colina del Testaccio, donde ira y dolor son ráfagas del cielo,
donde tras las máscaras del mundo el placer convida a la belleza y la religión al vicio,
aquí donde el que come sal pisa la alfombra de manos de la sed de un hombre
y la crueldad del crimen vale menos que el salario de la mancha de ese crimen.
La juventud termina, hay medallas rotas en el fondo de los sucios charcos,
el áspero martillo de los grillos blancos que empañará la plata.
No la probable risa de Marcel Schwob sino la muerte,
la que destinada a desaparecer oye por última vez las Gymnopédies de Satie,
y junto a ella el que realquilado en la conciencia moral de la casa de Pedro
vaga junto al indiferente entre las tumbas blancas,
allí donde el fiel ciudadano abre la arquilla de los deberes
y se encuentra al gato de las recompensas con la presa de los silogismos del barro,
el anzuelo de los desaparecidos que respira en las cajas sin música.
Pero ahora esta calle no conduce ya a ningún otro lugar que no sea tu vida,
habitas este perímetro como vencedor de la nada ocupado en el cultivo de raras obsesiones,
rodeado de objetos cuyo imán te retiene como una oscura creencia,
como solitario deseo al finalizar la semana en el pensamiento de los sacerdotes.




En la vida de un hombre siempre hay una mañana para la calamidad,
una mañana regida por las multiplicaciones del símbolo y la idolatría órfica de la perduración.
En la vida de un hombre hay almacenes llenos de objetos y maderas con insectos,
hay tensos mundos artificiales y canales por los que discurre la sangre hasta los vasos,
hay fósforo y sonido del delirio del fósforo,
la respiración de un tigre y la mano del desobediente cortada,
hay calor entre un semejante y otro y hay destrucción
porque existe en ellos la proximidad y el imán que la ahuyenta.
En la vida de un hombre hay zapatos usados por un padre,
hay profusas noches que luego nos darán temor, hay cuerpos de adivina,
cuerpos por primera vez, espantosos labios con rencor, la voz que nos conoce
y se queda ahí mirándonos como una res moribunda en el estanque helado.
En la vida de un hombre lo que tiene importancia y lo que no tiene importancia,
lo que se resiste a desaparecer, la aparición de una ciudad, el cansancio de los viajeros,
lo que favorece la ambición y lo que elogia la idea de abstenerse,
la duda moral de una vida solitaria, el descargo de multiplicarse en otros.




Ese día vas a dejar flores a la tumba de Keats,
y allí el centinela silvestre, el vigilante mísero bajo la lengua de los hombres,
el que escribió su nombre en el agua como un culpable en la piedra,
el que en su vértice vacío está tumbado hacia arriba,
tocado por las raíces de los árboles como animal entre víboras,
el que sellado con cera abre de noche sus feroces pupilas de amante,
el trastornado por los elementos, el jinete viudo de las luciérnagas,
John Keats en el ácido alimento de los que escarban la tierra con el tenedor y la brújula,
los espectadores encadenados al argumento como la verdad al suicida,
la transfiguración de la Osa Mayor en estrella marina,
el hilo que entra por una oreja y descifra el cautiverio de lo oído en la otra,
el enigma de lo salvaje en la máquina del árbol,
el agitado ciervo que cruza la campiña de un sueño donde hay sangre,
la edad del centinela, la lengua del centinela, los ojos del centinela,
el método de los enamorados y las nubes, el método terrestre de las catástrofes,
lo que el hombre sabe del hombre, los frutos de la inocencia y la clave del pánico,
lo que diserta sobre las mareas el transparente ahogado en la espiral del éter,
lo que el turbulento de las tabernas y el descendiente de la pesadilla de Adán
saben de la iluminación de los cinco sentidos,
la ruina del hombre y el perfume de los burdeles, la alcoba iluminada por la lujuria.
Oscuréceme videncia, une al condenado con el error y su coro,
que respire frenético en su rotación de polvo, que lo abrigue el trueno,
que lo abrigue el resplandor de las rosas, las lechuzas hijas del panadero,
que nada hiera su atmósfera de ciego ni el carbón que en él silba.
Venga el rayo y la boca del vaticinio del rayo con su estridente cascada de cuchillos,
venga Jonás a sacarlo del húmedo cartílago,
reviente en su mina el mineral, abra la llave,
pues aquéllos son los ojos en los que llorarán los míos.




En este jardín burgués donde es la soledad nueva salud del hombre,
el anhelo impuro que bajo la tumba finge un firmamento efímero.
Aquí donde el prudente existe como una espiga aislada
y anuncia en la campana sus lágrimas el ángel,
aquí junto al molino donde la mujer y el sátiro
intuyen su materia armónica y maligna.
Aquí la gravedad del ávido y el júbilo del dueño
son un mecanismo vano ante el petirrojo exacto
y ataúd de un águila el desusado cielo de los fuertes.
Tú sabes que no te pertenece la brevedad de esa visión,
vuelves la cabeza, un innoble zumbido ha invadido las rosas,
como fiebre violenta hablan las piedras el idioma del número.
Tú conoces el desierto de rocas que incendia la saliva,
el meteoro que ensueña con su insumiso azar los besos.
Has visto la cuchara de acero que sostiene el cirujano ante el cráneo de la geometría,
la belleza arruinada en las inteligentes mansiones.
Bebes como el débil, esperas esa sed como el campesino el grano,
la abolición del dios del sacrificio, la abolición del luto de la Historia.
Nada puede el hombre contra su farsa inútil,
nada la ilusión y su maleza, nada el estupor del cielo,
nada la multitud que vive en las movedizas playas del sacrificio humano,
la generación del mar, los descendientes de un animal sagrado,
nada un día de armisticio al que sigue otro día de batalla,
nada el superviviente que entra en el olvido como una antorcha que se apaga,
nada el horadado que es órgano de paja donde concluye el viento.




Has enhebrado para la mujer que amas un collar de piedras translúcidas,
le has dado al quejumbroso el apellido indiferente de los sacrificados,
brilla en él el ámbar de la medicina que brota de las estaciones rojas,
el pudor de las palabras íntimas prohibidas por el vendedor de la tristeza.
Viene aquí el sonámbulo con sus tenacillas de madera a recortar los mirtos,
viene a cantar su leve edad el pájaro y el caracol descalzo de los músicos,
hace su aparición el descarnado, la muchedumbre expósita, el príncipe de Dinamarca,
entran los músculos del hombre que degüella carneros y la mano del soñador que borda,
entran los estigmas del paralítico y el punto de fuga que miran los atletas,
al que afecta la bendición y el Cristo infectado con los brazos abiertos,
entra la mujer pública y la amada en la brutalidad, entra la sostenida en la flaqueza,
el vergonzoso extenuado, el que tiene un apodo, el imposible profeta,
se asoma otro con su cuerda, otro con su joya rubia, otro antiguo,
llega el alucinado con su alondra, se regocija, pide migas para creer,
pide un vestigio el que después de haber creído también va a ser cubierto de lodo,
pide compasión el lodo por ser definitivo, pide luz el hueco por morar lo oscuro.
Cantas, entonces tristemente cantas, dices tu oración a un mundo que se acaba
mientras los astros con desgana giran como un lento eclipse sobre las cosas muertas,
y el mar es un estanque de agua errante y detenida,
y el cuerpo del amor es otro cuerpo de anegada fiebre
y un vasto manantial de acero el ruiseñor que canta.
Todo se extingue, todo concluye como amistad funesta,
como estatua rota que cubriera el musgo la verdad se oculta,
la veloz guirnalda del relámpago, la codicia esquiva que ruboriza al cielo,
la trenza de laurel, la noche compasiva
que el soberano Amor ha regalado al pastor más viejo.
Manso es el día de la pólvora en el corazón de un ciervo,
benigno bajo el panteón del sol el espíritu del valle,
los elementos que dan memoria a cada una de las horas y los días,
la lluvia sobre Keats, la luz de oro sobre la invisible espina en su cámara de palo.
Este es ahora mi país, madre del barro,
un litoral inglés junto a los muros de Roma.
Y llueve sobre Keats, llueve lo que roe invulnerable la esperanza,
esa partícula de Dios que hace creer a un hombre en otro hombre,
esa tumba blanca donde honra un arpa como austero fruto la juventud de un joven.
No eres tú el vencedor que tañe el frío instrumento de los mármoles,
no eres tú el alarido ni su plaga de miseria que infecta los suburbios,
no eres la temprana primavera ni la araña en el fragmento del otoño.
Eres en mí la nada sucesiva, eres el pacto entre la liturgia del templo y la cabaña,
no la resina agónica del fuerte sino la frente indefensa y el dormido.
Aquí el hombre elevado como una nación bajo amenaza,
aquí el pequeño hombre sin bandera y el país sin fama,
aquí la hierba de los cementerios y la indecisa aurora en la que los sapos cantan,
la herida perfumada del excéntrico, el soliloquio moral de los retratos,
aquí la efigie, la persona, la gota de rocío a la que ladra un perro.




(Poemas de LA TUMBA DE KEATS, Hyperión, enviados por su autor)







Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957), poeta y artista visual, es autor de varios libros de poesía y ensayo, como La visita de Safo y otros poemas para despedir a Lennon (Edt. Calambur, 2011), Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo (Premio Adonáis, 1985) La poesía ha caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma, Visor, 1992) o La tumba de Keats (Premio Jaén de Poesía, Hiperión, 1999). Su obra poética entre 1982 y 2007 ha sido recogida en la antología Las estrellas para quien las trabaja (2007), La poesía no es una misa cantada (edición de Carlos Ordóñez, Lustra editores, Lima, 2013), La imagen de otro espacio (edición de Manuel Ramos Van Dick, Edc. Sarita Carbonera, Perú 2013). Con La casa roja (Calambur, 2008), obtuvo el Premio Nacional de Poesía 2009. De más reciente aparición es La bicicleta del panadero (Calambur, 2012) por el que recibió el Premio de la Crítica.Ha realizado conciertos, performances y lecturas con varios artistas y poetas ante diversos auditorios  de España, Italia, Francia, Noruega, Finlandia, Suecia, Irlanda, Bélgica, Rusia, Lituania, Portugal, Grecia, Israel, Costa Rica, Yugoslavia, Bosnia-Herzegovina, Polonia, Reino Unido, Serbia, Ecuador, Cuba, Marruecos, China, Túnez, Argentina, Perú, Chile, Líbano, Colombia, Honduras, México y los EE.UU.
Es autor de El universo está en la noche (Casariego, 2006), libro de versiones sobre mitos y leyendas mesoamericanas, asimismo ha adaptado y dirigido para el Festival de Teatro Clásico de Almagro la versión radiofónica de El perro del Hortelano de Lope de Vega con el cuadro de actores de Radio Nacional de España.
En el ámbito de las artes plásticas ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de España, Europa, EE.UU. y Latinoamérica. En 1999 obtiene una Mención de Honor en el Premio Nacional de Grabado de la Calcografía Nacional y semejante distinción en la VII Bienal Internacional de Grabado Caixanova 2002, Premio Internacional de Arte Gráfico Atlante 2009 y III Premio Internacional de Grabado Dinastía Vivanco en el 2010.
De su diálogo con la obra de otros artistas y poetas han surgido, entre otros, los libros Piedra de Alma, con José María Parreño (1994), Crónica de amor de una muchacha albina, con Rafael Pérez Estrada (1994), Emboscados, con Amancio Prada (1995), Bestiario apócrifo, con Álvaro Delgado (2000), Enea y los gatos, con Javier Fernández de Molina (2002), El Adepto, con Bruno Ceccobelli (2005), Arde la oscuridad, con Alfredo Erias (2007), Los sepulcros de Cronos, con el escultor Evaristo Bellotti (2007), Cazador de lunas con Javier Pérez Wallias (2007) Extravío en la luz con Antonio Gamoneda (2008) y la edición francesa de Le Bestiaire de Livermoore con Rafael Pérez Estrada (2013). También ha editado el Cuaderno de Roma, versión gráfica de La tumba de Keats (Monosabio, Málaga 2005), La mujer abstracta (El gato gris, 1997), con Ediciones El caracol descalzo libros de artista como Adiós (2012) sobre un poema de Apollinaire, Las Fábricas (2012) con texto de André Breton y Philippe Soupault, Los Proverbios Modernizados (2013) de Paul Eluard y Benjamin Péret, y acompañado con sus grabados plaquettes de Chantal Maillard, Esther Folgueral, Alexandra Domínguez, Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, Nicanor Parra, Javier Bello, Diego Valverde Villena, Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, José Luis Puerto o Jorge Riechmann.

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