Punto de fuga
                                                                                     Con la cabeza gana, con la cabeza pierde. La cabeza era una maza que siempre estaba buscando.
Refranes, Eyeunle.


¿Puede un hombre caer de su cabeza hasta golpearse contra él mismo,
puede viajar en círculos para dilapidar el tiempo que le ha sido dado
como una piedra que agita sus pliegues sobre las conjeturas del agua?
¿Esperaría en silencio la fisura, el puñetazo, 
sin sentir repugnancia ni terror? 
¿Renunciaría al desgaste si la muerte no tuviera un fin estético: 
la corrección de la especie, la anulación de la cabeza
en su afán de merecer, bajo el signo de las locuras transitorias? 
La cabeza, un tajo que rebosa en el escurrimiento,
 misil que parcela la lucidez, ofrenda de las trepanaciones
y el desplazamiento cuando el hombre pregunta
por qué ha sido ajustado a una herramienta tan circunstancial,
un instrumento que satura con indicios de su propia implosión. 
A un hombre le es tan natural el golpe
como lanzarse de la cabeza
ante la ausencia de los milagros. 


En la base del gran árbol
Pieter Brueghel nos mira con terror.
La crueldad es un párpado que nos acaricia penetrando la hostilidad.
Bajo un cielo de sangre y ceniza he venido a guiar a mi ejército de mujeres. 
Sólo una de ellas no ha sido derrotada y avanza al frente 
con su desproporcionada cabeza.
Su sexo ha sido borrado para no caer en las supersticiones. 
Las cicatrices de mis mujeres son el infierno.
A la boca del infierno canto con mi boca.
Mi enemigo -la boca y el ano por el mismo orificio-
no me verá ceder aunque a mi alrededor estalle un ejército
 y el enemigo adentro de mí sea un insecto de patas delicadas, 
cebándose con mi falta de voluntad. 
Soy la loca Meg cuando los párpados de madera 
me enseñan el terror de perpetuar el gesto en posición de combate, 
la mano tensa, la prohibición de observar hacia atrás. 
Desde la base del gran árbol, el único rostro que mira directamente
ha comprendido su total fracaso y nuestra duda. 
Estar detenida en el lienzo me ha dado una tregua. 
Si el enemigo está adentro 
debo emplear armaduras más grandes
que mi enemigo. 



Cabeceras

1

La cabeza de Yayoi Kusama quiso escapar de un cielo difuso con habilidades de cactus o bonsái. Bajo los cristales del invernadero descubrió la primera mancha en su rostro. La mácula se expande en un paisaje enfermo con facilidad. Una mente no se puede limpiar con ardides sino comprimiendo las diminutas figuras que acechan en el pan, la casa, los emblemas. Pudo dejarse consumir si no hubiera atiborrado el lienzo. Puntos negros y blancos. Rojos y blancos. Una mujer acostada sobre lunares se disuelve en ellos hasta adquirir capacidad de recta en el espacio, atravesada por innombrables puntos. De la infancia, Kusama cosecha jardines con forma de falo. Como mujer se atreve a posar desnuda en medio de los jardines para entender al fin la imagen separada de la imagen, el cuerpo ajeno al cuerpo, padre y madre, una combinación de lujuria y dolor. Bajo la elipsis de la noche dice la Tierra es un pequeño polka dot entre millones de cuerpos celestiales. Yayoi Kusama comenzó a colorear la mancha en un cuarto infinito. Asegura la puerta con ella adentro para que su cabeza no sea más que un lunar, en el espejo íntimo del mundo.

2

Pienso en lo inútil de sostener este hilo. El laberinto es un tejido interior que construye mi capacidad de recordar. Vengo de matar a mis hijos, de confundirlos con una hidra, de aniquilar un rebaño de ovejas en espera del  enemigo. Soy un personaje absurdo, una imagen nueva del miedo. Cada viaje es distinto. He amordazado la confianza con el deseo de permanecer al abrigo de estas paredes. La cuerda miente en su misión de unir dos puntos contrarios, el encierro del cuerpo y el encierro de las ideas. Debo volver a un lugar, pero el hilo no existe sino en mi cabeza, una que he taladrado con la disyuntiva de los epitafios y las floraciones. Esta hebra no sirve para coserme la cicatriz ni me indicará cómo escapar de la sátira. La velocidad de la lógica  no me alcanza pero sí la velocidad del instinto. Esto no es un elogio de la locura, es solo un hombre que confunden con un animal. 



Libaciones 
                                                                                                                       Comparado conmigo es inmortal el árbol, y las flores más audaces.
 Silvia Plath

La palabra nos lanza al vacío y tú solo tienes un horno de gas, la ausencia del amor y el peso de las imágenes sobre tu ojo. Un ojo que nunca se cierra, un ojo con demasiada capacidad de mirar. Tanto, que has anunciado el fin de un ciclo, tu vida internada bajo el zumbido de las abejas que decoran la mesa de la casa. Las señales resuenan en tu colmena de imposibilidades. Tú sólo afianzas las manos a este invierno para desposeer. Padre no podrá estudiar por qué no es dulce la sustancia con la que te llenas la boca, ni entender cuando huyes de la parquedad, del acostumbrado fluir. Quizás porque viste la muerte a los 8 años atrayendo a los insectos sobre el cuerpo de daddy. Has dejado una nota anunciando la levedad del acto, llamar al doctor, una ventana abierta para que la humanidad no piense que te marchas por asco. Has resistido demasiado tiempo el sonido de la colmena, el enjambre de campanas y colosos que arreciaban, mientras caía la miel en tu espalda con la aspereza seca del panal. Un dulzor ajeno al árbol te recorta el lenguaje sobre signos probables. El alejamiento es tu páramo, el sabor disipado de las anunciaciones. Has renunciado a la audacia. 11 de febrero de 1963. Las palabras no resisten el invierno sin libar una cabeza. 




Acto final

Para quemar a un hombre hay que comenzar por sus talones.
Resquebrajar su músculo es quitarle la voluntad de andar.
El fuego debe insistir más allá de su instinto de permanecer
a la intemperie, devorando la roca que lo labra. 
Primero hay que incinerar su sombra, 
su circunstancia de bosque adormecido
y arrojar el verde de su cuerpo,
la humedad tendida sobre sus únicos milagros.
Necesitamos segarlo en fragmentos
para que no lo salve su propensión al camino
ni al trasiego de aguas donde tiende  su rama. 
Pero si el hombre está sentado, desde hace siglos sentado,
podemos decir que el fuego comenzó por su cabeza.
-Si hay que empezar ahora
les dejo mis talones.

Pero la cabeza dijo levántate.
Y el fuego cesó. 




Yenys Laura Prieto (Sancti Spíritus, 1989). Poeta y periodista cubana. Es egresada de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. En 2018 ganó el Premio David de Poesía, con el libro Secuencia de baile popular. El cuaderno La ciencia de la conservación recibió el Premio de Poesía Pinos Nuevos 2019. Publicó recientemente el cuaderno La Gran Fuga, perteneciente a la Colección Sur Editores. Su obra poética ha sido registrada en antologías de Cuba, Brasil, México, Chile, Colombia, España y Argentina.

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