Froilán Escobar González: La dicha grande de José Martí

(Foto: Cortesía del autor)

 

 
En uno de los poemas del libro Flores del destierro, José Martí toca el misterio cuando dice:
 
Dos patrias tengo yo:
Cuba y la noche.
 
Y concluye con una pregunta que, sin duda, constituye un ensanchamiento del misterio:
 
—¿O son una las dos?
 
Cuba y la noche se confunden para él en una misma geografía, en una misma vigilia esperadora. Sin embargo, a la hora de hablar de la vida de José Martí, las noches no cuentan. Por más pobladas que estén, por más que nos dejen innumerables connotaciones y sentidos, nunca hacemos referencia a ellas, como si los ríos no corrieran en la oscuridad, como si el tiempo del mundo, en ese momento de aparente ceguera —en que sólo podemos ver para adentro—, quedase suspendido.
 
Las noches, pareciera, no tienen implicaciones sociales, políticas y humanas. Tal vez porque tan pronto despertamos, se borran, se pierden de nosotros, como si se tratara de algo que no nos pertenece. Tal vez porque lo que se oculta —aunque es lo que nos completa—, no lo asociamos con el tiempo. O tal vez porque la historia, que suele ser excluyente con lo que soñamos, sólo ve y recoge el acto.
 
José Martí, como es sabido, vivió 42 años. O como suele decirse de manera habitual buscando mayor exactitud: vivió 15 mil 411 días, de los cuales, más de la tercera parte estuvo fuera de su patria, con su patria a cuesta, soñando con su patria, porque le faltaba. Pero sus días, por más que se alarguen en el dolor y la impaciencia de un hombre profundamente comprometido con el independentismo antimperialista y el americanismo como declaración de identidad, resultan fragmentarios e insuficientes, pues se le está amputando a su vida la otra mitad germinatoria.
 
Basta, en cambio, una noche, una sola noche, aquella lejana y habladora noche del 18 de abril de 1895 —que Martí anotara en su diario con invencible alegría, y, al decir de José Lezama Lima, con «los más misteriosos sonidos de palabras que están en nuestro idioma»—, para comprobar como esta aparente disyunción se resuelve en certidumbre. Pero no sólo porque ya estaba en Cuba, o porque después de muchos avatares y soñares, lograba, al fin, entrelazar el impulso revelador con el acto, poner en marcha todos sus pasos para concurrir a la cita con lo entrañable, sin la angustia ya de rearmar, en el sueño diurno, los fragmentos suyos que el insomnio del destierro dejara incomunicados sobre el jergón roto donde dormía.
 
La noche siempre fue para él una espera anhelosa. Pero desde que salió de Nueva York, el 31 de enero, para comenzar “la guerra necesaria” por la independencia de Cuba, la noche se convirtió en una resistencia. Era algo que se le adelantaba, algo que tenía que atravesar borrando las huellas dejadas en los caminos, pero que al recogerlas en las páginas de su Diario, expresaba la verdadera dimensión de lo cubano.
 
Sabía que sus pasos por Estados Unidos, República Dominicana, Haití e Inagua eran vigilados e informados. Dos veces antes, sus planes para el comienzo de la lucha insurreccional habían concluido en el fracaso: en Fernandina, el gobierno de Estados Unidos le había ocupado dos barcos cargados de armas y, en bahía de Samaná, Santo Domingo, la goleta en la que se disponía a hacerse a la mar con el grupo expedicionario.
 
Tocar tierra cubana fue vencer esa resistencia. Desde que desembarcó por las ásperas y calurosas montañas de Baracoa, comprobó que había dejado de sufrir, pues lo soñado era ahora lo vivido. La noche se convertía en gozosa extensión de su viaje. Estaba en el devenir. La noche le daba un tiempo. El tiempo que le permitía convertir una experiencia decisiva y dolorosa en algo que lo colmaba, que lo completaba.
 
Allí, en aquella costa pedregosa, vigilada por un alto farallón, al lado de los otros cinco expedicionarios: Máximo Gómez, Paquito Borrero, Ángel Guerra, César Salas y Marcos del Rosario, la noche lo impulsaba para la suprema prueba, uniendo, por primera vez, lo estelar con lo entrañable: «La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras, (La Playita, al pie de Cajobabo.) Me quedo en el bote el último, vaciándolo. Salto. Dicha grande.»
 
Eso: dicha grande. Había entrado en su ámbito mayor. O, para usar sus propias palabras, en su «plena naturaleza». Ya no tendría que contentarse con mirar para adentro para explorarse las entrañas y terminar diciendo: «Todo el que lleva luz se queda solo.» Llevaba luz, como los cocuyos que iluminaban a trechonazos el monte a su alrededor, y no estaba solo. Su yo había alcanzado la dimensión de lo coral, pues aun en el soliloquio de su Diario, la palabra se articula con un sinnúmero de voces, en concordancia con una visión de la realidad que pone en ella todo y más aún de lo que en ella busca.
 
No lo atormentaba ya la idea de quedarse sin esencias, sin imágenes, sin pasos en los pies en su andar por el destierro. Ahora algo venía a completarlo: participaba. Al respirar allí, tan hondo como podía, sentía el goce de lo universal en él, en lo singular. Sacudía impaciente los hombros abrumado por el peso de la carga: el tubo con los mapas de Cuba, el Winchester y 100 cápsulas, las dos arrobas de medicina, el libro sobre Cicerón que traía en el bolsillo. Pero su nocturna búsqueda se igualaba con un fervor cuando escribía: «¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!”
 
Las palabras saltaban de sus manos a la pequeña libreta de apuntes. En todo y en todos se reconocía en aquellas montañas. En la palma que asomaba sobre un derrisco, alta y enloquecida por el viento. En el perfil o la mirada frontal de la niña descalza que le ofrecía un pedazo de frangollo, el dulce de plátano y queso. En el anciano negro y majestuoso que lo levantaba de un abrazo. O en la mujer cobriza y ojona, cargada de hijos, que iba y venía ligera, trayéndoles café.
 
La palabra ya no era palabra sola, sino impulso multiplicado por muchos hombres y mujeres a los que, sin conocerlos, los conocía como si ya hubieran estado en él, como los hubiera visto antes: «Domitila, ágil y buena, con su pañuelo egipcio, salta al monte, y trae el pañuelo lleno de tomates, culantro y orégano. Uno me da un chopo de malanga. Otro, en taza caliente, guarapo y hojas.» Y ahí, en esas palabras, estaba la comprobación de que los que no tienen, a la hora de dar, tienen lo bastante, lo suficiente, para alargar la mano y compartirlo.
 
No era simple juego verbal. No era literatura. Era la certeza vital de que estaba en su centro irradiante. Su Diario se llenaba de Cuba. Escribir era usar el lenguaje de la verificación. Se reconocía sin necesidad de remitirse a correspondencias o analogías externas. Nombraba lo que veía sin traducirlo, sin explicarlo o yuxtaponerlo a otra cosa fuera de lo de allí.
 
Entraba así en el despojamiento y la esencialización. Ya no miraba desde el árbol o desde la mujer o el hombre. Miraba con el árbol o con la mujer o el hombre. Había sobrepasado la soledad de su yo interior para entrar en la polifonía plena del nosotros. Las palabras saltaban en el pequeño cuaderno como si quisieran irse de nuevo a la boca de la gente, para nombrar, de manera compartida, el mundo.
 
Concurría así, con infinita sorpresa, al encuentro con los suyos, mientras la noche desataba reminiscencias y caminos. Su Diario daba voz a lo no dicho, a lo mínimo, a lo cotidiano, a lo que no tenía voz. Lo que se ocultaba —marginado como la noche—, asomaba ahora visible en su escritura. No buscaba otra cosa diferente de lo que veía. Entrelazaba los palos del monte con la historia, el pasado de fundación con el presente, para alcanzar, al final, la más simple e inmediata de las comprobaciones: «está serena afuera la noche». O para advertir lo inconmensurable como se advierte la cercanía de una madre: «Ya duerme el campamento: al pie de un árbol grande iré luego a dormir, junto al machete y el revólver, y de almohada mi capa de hule: ahora hurgo en el jolongo y saco medicinas para los heridos. ¡Qué cariñosas las estrellas, a las 3 de la madrugada.”
 
Decir era constatar. Era entrar en un tiempo donde todo lo que invocaba se cumplía sin angustia, como si se lo susurraran al oído: «Cae la noche, velas de cera, Lima cuece la jutía y asa plátanos, disputa sobre la guardia, me cuelga el general mi hamaca bajo la entrada del rancho de yaguas de Tavera.”
 
No quería que nada se le escapara: la certidumbre del amor, la montaña cresteada con sofoco entre nubes, el gorjeante ángel del sinsonte; los bejucos que lo azotaban, dejándole múltiples magulladuras; el bosque de jigüeras verdes, pegadas al tronco desnudo. Pero sobre todo, la gente, aquella gente de «sonrisa dolorosa», enjuta de carnes y pie descalzo, en cuya mirada estaba el amor, la montaña, el pájaro, el tajo desollante de los bejucos o las jigüeras verdes que las manos de ellos convertían en toscos recipientes para tomar café.
 
De innumerables rostros iba acompañado. Las noches se animaban con las conversaciones de esos rostros intercambiables. Las escenas se sucedían como si, con velocidades infinitas, el tiempo desapareciera. La espera y llegada de la noche iniciaba una nueva cadena verbal. A veces la espera era infructuosa o el cansancio alejaba una palabra de humilde ineditez pero cargada de revelación. Era un momentáneo vacío hasta que las sombras de la noche emergían de nuevo y lo llenaban. Tal vez por eso, no paraba con sus ojos. Adelantaba la mirada con la mayor fijeza, para hacer, con la mirada, un camino, que le permitiera verlo todo hasta el fondo. Veía y escribía como si acariciara, como si fuera tocado, en amable exégesis, por las cosas. No tenía que explicarse nada. Bastaba con que se zambullera afuera, en la otra oscuridad, donde estaban los signos de la animación mayor. Escudriñaba las goticas de lluvia fresca que colgaban de las hojas. Se detenía en el negro dominicano, Marcos del Rosario, alto como una palma, quien se quitaba el sombrero descolorido para bruñir con él su machete, o en el General Gómez, húmedo y despeinado bajo el capote, pero en pie para ordenar que secaran los fusiles y las balas.
 
A medida que se adentraba en la noche cubana como en un palacio de ventanas verdes, Martí veía que penetraba en un destino: «Miro del rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una palma y una estrella.» Cuanto más se adentraba, más sentía aquel temblor espesando su saliva. El hombre no sólo obedece al estímulo de una idea, también elige una idea. Y él, como nadie, sabía que ese elegir era el comienzo de un nuevo acto. Percibía así que iba de lo oscuro a la claridad cenital. «Sólo la luz es comparable a mi felicidad», decía en carta a Carmen Miyares. Podía comprobarlo en aquellos rostros que lo miraban ver, aun en la media noche oscura, alumbrados con velas.
 
De loma en loma iba adentrándose en la noche y en la gente que, con cariñoso ademán, abrían la puerta y les decían: «Pasen sin pena, aquí no tienen que tener pena.» Y, enseguida, el café fuerte y caliente, recién colado, para aliviar el cansancio; o la tisana de hojas de yagruma para el asma súbita que comprime el pecho cuando se camina por las lomas. Tenía la sensación de que, en aquellas manos que se extendían para invitarlos a pasar, estaban todas las manos. Después de un cuarto de siglo de destierro y de nocturna búsqueda, podía esclarecer que él estaba allí, porque esas manos estaban allí, esperándolo.
 
Con paso de ansia trepó, ese 18 de abril, la abrupta loma Pavano, atisbando un camino entre las nubes. En la cresta flotaba un aire leve, veteado de los olores que ofrenda el monte. Un sinsonte gorjeaba, quedito, un trino sobre el crepúsculo. La mirada de Martí creció con la intocable lejanía. Apestaba a caballo, lo doblaba el peso de la carga y la llaga que, desde la cárcel en la adolescencia, traía en el tobillo. Pero a pesar de la difícil marcha por los secretos vericuetos del monte, no era un acto autodestructivo y sin significación. Ganaba más hilado su destino. Le sobraban, como nunca, pasos a sus pies, júbilo saltante a su callada alegría. Ahora, cuando cerraba los ojos en la noche, contento del día, lo acompañaban y rodeaban los rostros, «piadosos y serenos», de una mujer: Carmen Miyares, y unos niños: Carmita, María, Manuel y Ernesto, los cuales había dejado allá, en Jacksonville, apretando un adiós entre las manos. Los sentía, callados y vigilantes, junto a él. Sólo ellos le faltaban. Pero a ellos diría en una carta: «De acá no teman. La dificultad es grande, y los que han de vencerlas, también.»
 
Estaba sólo a un mes de su muerte y tenía la convicción de que sus perseguidores iban siguiendo de cerca sus huellas. Esperaba por cada vereda al enemigo. Sentía la presencia del peligro, pero también el gozo de reconocerse entero en lo que lo rodeaba. Trataba de vivirlo todo, de incorporarlo todo, de quererlo todo. Percibía así el descendimiento de lo nocturno como algo que caía sobre sus hombros, y anotaba, sereno: «decidimos dormir en la pendiente. A machete abrimos un claro.» La noche era, sin duda, un espacio de infinita abertura, donde la sombra clara del universo penetraba en él y en la ondulante espesura del monte.
Se sabía pleno ya: sin peso, sin laxitud ni agobio; más sano el cuerpo que nunca, aunque con los pies rotos y el rostro desencajado por la fatiga. La noche del 18 de abril trepaba apurada detrás de ellos borrando poco a poco el paisaje. Martí seguramente se detuvo, no porque de tronco a tronco estuviera tendiendo su hamaca, sino para contemplar al general Gómez que, a su vez, oteaba por sobre las copas de los árboles, calculando lo poco que les quedaba de la luz de ese día.
 
Como siempre que hacían campamento, se ordenó que sancocharan unos plátanos y unos chopos de malangas, mientras Marcos pilaba el café. Todos se movieron. Faltaba leña seca, pero sobraba el viento que avivara la llama. Hubo que hacer un cerco de yaguas para proteger la hoguera. El humo, entonces, no dejaba respirar. Abanicaron con sus sombreros. Sólo Martí se extasiaba con el olor del humo, como si le trajera el recuerdo lejano de su infancia allá en Hanábana. Alrededor, el monte era tupido; el calor, agobiante. Amenazaba con llover. Comieron apurados las raciones sobre un plato hecho con un pedazo de yagua. Luego saborearon un sorbito de café en los toscos recipientes de jigüeras verdes. Cada uno puso a buen resguardo sus armas. Las envolvieron en las capas de goma, mientras, para echarse a dormir, ellos se tapaban con hojas.
 
La oscuridad, a esa hora, se rompía en múltiples espirales de lucecitas y sonidos. Martí alargó la cabeza para oír lo invisible de ese oleaje, para quedarse con las dilataciones de aquella levedad. La noche cubana comenzaba a poblarse, a nutrirse del parloteo secreto del rumor innumerable del monte. La musiquilla se hacía cada vez más susurrante. Era un contacto inaudito que, aunque lo sobrepasaba, le pertenecía. Apretó la mejilla contra la hamaca como para preguntarse, una vez más, si Cuba y la noche, eran una las dos. La neblina espesa se escurría sobre el pico de la loma y le rozaba la cara. Lo oculto, lo oscuro, lo resguardado, abría sus puertas y le ofrecía la suntuosidad de aquel tintineo como un silencio vivo, sonoro. A la pálida luz de una vela de cera, sujeta junto a sus rodillas sobre un palo clavado en la tierra, se puso entonces a escribir con letra menuda y suspiradas pausas:
 
«La noche bella no deja dormir. Silba el grillo; el lagartijo quiquiquea, y su coro le responde; aún se ve, entre la sombra, que el monte es de cupey y de paguá, la palma corta y espinuda; vuelan despacio en torno las animitas; entre los ruidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, titila y se eleva, siempre sutil y mínima: es la miríada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto, y oleada de violines, sacan son, y alma, a las hojas? ¿qué danza de almas de hojas?»
 
La espera y la llegada de la noche colmaron el vacío de la lejanía. El susurro se escurría por su mano que escribía para dejar presencias, indagaciones, concreciones de lo real en el torrente desbocado con que reemplazaba al día en su espíritu despierto. Alargaba la oreja y escuchaba, una y otra vez, aquella marea murmullosa de vocecitas acribilladas por incesantes puntos de luz que provocaba el volar de las animitas. Se detuvo en lo que acababa de escribir. Mucho había esperado este momento. Mucho lo había soñado como espacio de significación y plenitud. La luz de la vela parpadeaba acorralada seguramente por el viento. Botó un respiro y completó la anotación con una frase que lo devolvía a la otra realidad: «La ropa se secó a la fogata».
 
Atrás quedaba el destierro por incesantes laberintos. La vida adoptaba movimientos indescifrables. Volteó la cabeza hacia los comienzos para ir reteniendo los rostros. Penetraba así en su caída. Cuanto más se acercaba más precisaba aquel temblor de su piel que espesaba su saliva. Ya sonaban los disparos en la distancia. Pero la noche, la noche bella, recuperada ese 18 de abril de 1895, asumida como reencuentro pleno, dejaba innumerables significados sin aquella distante interrogación de sus versos, porque, verdaderamente, Cuba y la noche, eran ya una sola las dos.
 
 
Froilán Escobar González, escritor cubano-costarricense nacido en San Antonio de los Baños en 1944. Es Licenciado en Periodismo y Máster en Comunicación Política. Diplomado de Lengua y Traducción de la Lengua Francesa. Desde 1992 reside en Costa Rica dedicado a la docencia universitaria. Ha impartido conferencias y talleres como profesor invitado en la Universidad de Puebla, México, Universidad de Mérida, Universidad Autónoma de Nayarit (UAN), Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Universidad de La Habana, Universidad Autónoma de Chiriquí, Panamá, Costa Rica, Becario Fundación Pro-Helvetia, Suiza, como profesor del curso sobre Literatura cubana, Universidad de Zúrich, Suiza.
 
Conferencista invitado en las universidades de Lausanne, Friburgo, Berna y Ginebra. Froilán Escobar pertenece al grupo de escritores que funda en La Habana, Cuba, la publicación cultural El Caimán Barbudo. Y es discípulo del Curso Délfico de José Lezama Lima. Ha publicado una veintena de libros en los cuales ha buscado reivindicar las voces marginadas que, hasta su llegada, habían permanecido sumidas en el silencio. Ha desarrollado una obra narrativa que logra una relevancia trascendental en el plano lingüístico, el cual no se asume como “una estrategia de composición”, sino que más bien se vuelve en el principio jerárquico que organiza todo el mundo expresivo. En tal sentido, su libro Martí a flor de labios, fue calificado por el crítico cubano Cintio Vitier como “un suceso predigioso”.
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