Daniel Cruces Pérez: Andamios

(Foto: Cortesía del autor)

 

Hasta que dejó de serlo, nuestro edificio fue un buen edificio.

Primero apareció una grieta aquí, luego una allá, pero ¿es que acaso no es normal tener grietas? Mira el rostro de tu pareja, de tu ser más querido, mira tu propio rostro bajo el ardiente sol de julio.

¿Por qué no hicimos nada? Por qué no hicimos nada… Supongo que por confianza en lo que somos, en lo que fuimos. El edificio de todos es de todos, y entre todos al menos alguien –alguien más –debe hacerse cargo. Así fueron creciendo las grietas, y con ellas nuestra incapacidad de resolverlas. Así nos entregamos a un poder superior, y dejamos todo en Sus manos, porque este es el lenguaje de los desesperados. Así en una noche larga, en lo que intentábamos dormir a pesar del calor y las grietas, un gran ruido nos sacó de nuestro falso ensueño, y aunque nadie se atrevió siquiera a salir de cama, supimos que una solución, o al menos la promesa de una, estaban en camino.

Al salir el sol, allí estaban los andamios. No eran los mejores andamios, ni los más nuevos, pero eran. Estaban aproximadamente en los sitios con más grietas, y ocasionalmente en sitios donde no había ninguna. Estaban incompletos, una primera planta que anunciaba muchas por venir. Confieso que celebramos con un fuerte aplauso.

Después de esto tuvimos más calor y largas noches, con alguna llovizna que no refrescaba nada, y cuyo vapor se colaba por las incansables grietas. Por ellas también comenzaron a asomarse los andamios, fatigados por el paso de los días. Hubo quienes corrieron de inmediato a quejarse, impulsados por el miedo; otros, al parecer desprovistos de todo miedo, comenzaron a utilizar los andamios intrusos como muebles improvisados. Los primeros regresaron eventualmente, sus rostros grises, y nunca más han alzado la voz por encima de un susurro. Los segundos, por otra parte, desaparecieron todos juntos en una misma noche –otra noche de ruidos y miedo –y nunca más volvimos a saber de ellos. En su lugar quedaron más andamios, una nueva generación en todo diferentes a los anteriores, a los que reforzaban sin atreverse a ir mucho más arriba. Esta vez sí vendrán a reparar, nos dijimos, y quedamos a la espera. Las grietas sin embargo no esperaban por nadie, abiertas como bostezos incluso en las paredes del edificio donde estaban los andamios antes innecesarios, abiertas incluso en los mismísimos andamios… y a cada rato, cuando casi abandonábamos la espera, venía otra noche de ruido y andamios nuevos, siempre distintos, siempre esparcidos en los primeros pisos y el exterior, y por lo demás avanzando muy tímidamente hacia arriba.

De a poco se hizo difícil salir del edificio.

Las noches de ruido se hicieron más frecuentes, y con ellas los andamios. Había andamios hasta el horizonte, un horizonte sostenido con andamios. Había andamios hasta segundo piso –aplaudimos el día que llegaron llegaron allí, con un solitario andamio alzándose unos centímetros hacia el tercero –y andamios que evitaban que esos andamios colapsaran sobre sí mismos. Seguía prohibido tocarlos. En nuestra imaginación, era como si formasen una densa telaraña, y el más mínimo roce le avisaba a una gorda araña, encargada de hacer desaparecer a los culpables.

Navegar aquella maraña densa requería destreza, y los pocos que podían hacerlo eran nuestros héroes exploradores, mensajeros que podían traer el pan y la leche, o lo hacían antes de que los andamios devorasen el mercado. Igual seguían saliendo y buscando incansablemente, navegando los espacios que les dejaban las grietas, que crecían ya mucho más allá del edificio, o de lo que iba quedando del mismo. Muy de tarde en tarde, volvían con cartas y notas que encontraban enganchadas en los andamios de la periferia. Algunas, las menos, eran notas de nuestros familiares y seres queridos, a veces preocupadas, a veces dando buenas o malas noticias. La inmensa mayoría, sin embargo, eran mensajes de extraños, en idiomas comprensibles e incomprensibles, que se dividían a grandes rasgos en tres grupos: quienes nos deseaban a los “hermanos del edificio” fuerza, éxito y valentía para el futuro, y nos consideraban una inspiración; quienes nos conminaban a derribar los andamios, nos sugerían mil métodos imposibles para hacerlo, y terminaban llamándonos cobardes por no “pasar a la acción,” todo en una misma carta, a veces en una misma oración; finalmente, estaban quienes pasaban directo al insulto, y nos acusaban por existir.

La verdad es que incluso estas notas agresivas las recibíamos con la mayor alegría, como una constancia de que existía un mundo más allá de los andamios, y de que a ese mundo le importaba nuestra existencia. En una economía de miseria como la nuestra, eran no sólo la principal (casi única) fuente de emociones, sino que todas ellas, desde los insultos de diez páginas y las cartas en chino hasta las más íntimas misivas de amor, las despedidas y las fotografías de los nietos sonrientes, eran nuestra última fuente de papel higiénico.

La nuestra era una sociedad enferma, y el único aire respirable que nos llegaba era paradójicamente a través de las indetenibles grietas –del tercer piso hacia arriba iba quedando cada vez menos del edificio, y del tercer piso hacia abajo también, lo que la desaparición era marginalmente más lenta. Un día tras una de esas ya habituales noches, nos despertamos y los andamios cubrían nuestro pedazo de cielo, desprovisto ya de propósito el espacio encima de ellos. Ese día el aplauso fue menos entusiasta.

Sobrevivimos gracias a nuestros héroes exploradores, y sobrevivimos gracias a nosotros mismos. No hicimos nada más que cambiar todas nuestras expectativas de lo que representa estar vivos, y reducir nuestro día a día a la contemplación del edificio cada vez más pequeño, y a las grietas y andamios cada vez más infinitos. En algún momento perdimos la luz, porque a diferencia del agua y el aire ella no podía colarse por los recovecos que dejaban los andamios. En aquella penumbra perdimos también el placer de las cartas, y sólo nos quedaban los recuerdos de los más viejos entre nosotros, que nos contaban de las vistas maravillosas en los altos del edificio, con el horizonte pleno de andamios bajo el sol de julio.

Hoy nos percatamos de que había más andamios de lo que nunca supimos. Andamios bajo tierra. Andamios que parecían no apoyarse en nada, sentados en el aire, o quizás soportando una grieta que alguna vez fue andamio. Andamios detrás nuestro, siempre detrás nuestro, en el borde de nuestra mirada. Todos diferentes, sólo tenían en común el hecho de que parecían no sostener nada más que unos a otros, o bien la nada que sostenía no era perceptible, o al menos no estaba relacionada con el edificio. Jamás vimos a ningún obrero o trabajador, sólo andamios crecientes cada mañana.

Eventualmente cayó el último vestigio del edificio, una roca informe que se podía sostener con dos dedos. La oímos caer, resonando alegremente entre los andamios. Hubo un aplauso solitario al final, cuando tocó el suelo, levantando el polvo. Esa noche fue la más fría de las noches, con una lluvia constante. Nos fuimos a dormir convencidos de que nunca más veríamos el sol –para algunos fue así, y aunque dicen que murieron de frío, yo sé que murieron de tristeza. Sin embargo, el sol vimos, y nunca nos pareció tan brillante. El nuestro era un páramo, un buen páramo donde antes hubiera un buen edificio, y por primera vez en mucho tiempo un páramo sin sombras.

Desnudo el ardiente sol de julio, entre él y nosotros no quedaba ni un andamio.

 

 

Daniel Cruces Pérez (La Habana, 1983). Realizó estudios de matemáticas y japonés. Se ha desempeñado como actor de teatro, dramaturgo, escritor de cómics y  traductor. En 2016 fundó el Casa Cruces Estudio, especializado en audiovisuales. Su primera película de animación, “La Caravana”, se encuentra en fase de producción. Actualmente reside en Barcelona. 

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